Una, dos, tres vueltas… El vestido negro parecía levitar en el escaparate, cuando, colgado de un cable, se movía mecánicamente haciendo un recorrido elíptico. “¡Qué ingenio!”, pensé, justo antes de advertir que la prenda, de precio asequible a un español de clase media, estaba firmada por la empresaria más extrovertida de la familia Hilton. No era aquello lo que esperaba de Milán, lo que me habían contado… así que, simplemente, cambié de acera.

 Tan sólo cincuenta metros después, toda una capital de la moda se alzó sobre mí. En la calle Porta Vitoria las tiendas se suceden y el valor cuantitativo de los diseños expuestos crece al ritmo en que el visitante se va acercando al corazón de la ciudad, algo que puede resultar frustrante para el discreto bolsillo que haya viajado hasta la Lombardia sólo para ir de shopping. La meta de esta glamourosa carrera se encuentra en la Vía Monte Napoleone, que constituye una de las cuatro caras del llamado Cuadrilátero de Oro, donde pugnan las principales firmas de la Alta Costura mundial.

 Todavía estaba dudando acerca de si el estilo se adquiere o acaso los milaneses lo traen de serie, cuando comencé mi cruzada cultural, porque, quizá el encanto de Milán resida en esa dualidad en la que tradición y modernidad no se excluyen, sino que se complementan. De otra manera no hubiera podido contemplar obras de Bramante, Rafael o Remnbrandt en la pinacoteca de la Academia Brera, toda una institución en la formación de las Bellas Artes.  Tampoco hubiera hallado la Iglesia Santa Maria delle Grazie, punto de encuentro de los amantes de la Historia del Arte por albergar en su refectorio La última Cena de Leonardo Da Vinci. Menos aún hubiera resonado en mi mente el timbre de una soprano al admirar La Scala, un teatro con historia propia que en su día fue el preferido por María Callas.

Escaparate de la Librería Rizzoli, en Milán.

Escaparate de la Librería Rizzoli, en Milán.

 

Para llegar al renacentista Castillo Sforza, que cuenta con una amplia oferta museística, decidí utilizar el transporte público, que hasta entonces había evitado por la cercanía de mi hotel. En realidad no estaba cansada, sólo quería disfrutar del viaje en uno de los antiguos tranvías que todavía circulan por las vías de la ciudad italiana en un horario amplio.

 Aquel día lo había visto varias veces. Las guías de viaje, los puntos de información, todos los manuales llevaban allí, pero yo había postergado la visita haciendo caso a una tímida intuición que me recomendaba verlo en último lugar. De cualquier forma, no  era difícil identificar el blanco inmaculado del mármol que recubre sus pilares, que se elevan con majestuosidad sobre la estampa urbana. Cinco siglos fueron necesarios para levantar la estructura del Duomo, la catedral gótica más grande del mundo, cuya construcción concluyó en 1805 por orden de Napoleón. Si el interior del templo ofrece al visitante un interesante reclamo artístico, la plaza en la que se alza cuanta con su propio discurso. El leve bullicio de los que pasean y los que se citan allí no atenta en absoluto contra la paz y la tranquilidad que llenan este enclave, del que parten las principales calles del centro de Milán, que abrazan a la joya arquitectónica como el mejor abrigo. El reloj de los turistas se detiene y no es extraño ver cómo pasan media hora sentados en las escaleras a los pies de la catedral admirando tan sólo la inmensidad de la plaza.

 En uno de los laterales de la Plaza Duomo comienza la Galería Vitorio Enmanuelle, un lugar que refleja los aires cosmopolitas de la ciudad y en el que la librería Rizzoli destaca en su escaparate obras dedicadas a la historia de la moda.

 En el cuaderno del visitante que relata sus andanzas con afán, no deberían faltar las palomas de Milán. Su color negruzco y su osadía las hace tan distintas a las que sobrevuelan España que es habitual verlas en la Galería Vitorio Enmanuelle lanzándose con verdadero atrevimiento a los sándwich que los clientes todavía no terminaron. 

 Al anochecer, Milán entristece. El aspecto desolado de sus calles, por las que pocas personas transitan, crea una atmósfera fría y lúgubre que se disipa cuando comienza un nuevo día, pues, a la luz del sol, lo arraigado y lo innovador se confunden en la capital de la Lombardía creando una nueva naturaleza. Porque la bimilenaria ciudad, pese a estar situada a los pies de los Alpes, poco tiene que ver con la pureza que en ellos se respira. Milán huele a industria, a manufactura, a finanzas y sus edificios se visten de gris, como queriendo formar la combinación perfecta.  

Cada año, personajes procedentes de todos los rincones de España buscan un supuesto cofre lleno de dinero en este pequeño pueblo aragonés. Hileras de olivos donde los primeros frutos ya apuntan, campos de cereal, una carretera estrecha rodeada de aliagas y esparto, algunos molinos azotados por el fuerte cierzo y, al fondo, una pequeña localidad de no más de 40 habitantes que nos espera: Almochuel, el pueblo que esconde un secreto… que ya todo el mundo conoce.

Almochuel cuenta con 40 habitantes y forma parte de la Comarca Campo de Belchite

Almochuel cuenta con 40 habitantes y forma parte de la Comarca Campo de Belchite

Almochuel. 1 kilómetro”, un cartel indicativo me ordena que gire hacia la derecha. Empieza a oler al verde de los campos de alfalfa regados por el río Aguasvivas. Un puente lo cruza y me sumerge en la calle Mayor. Sin detener la marcha entro en una espaciosa plaza alrededor de la que se articula todo el casco urbano. La iglesia de San Gervasio y San Protasio la protege, se emplaza majestuosa y solemne. Todavía conserva el estilo barroco en su fachada principal pero ha  perdido las dos naves laterales, así lo dejan ver los ladrillos rosáceos que cubren los laterales.

Iglesia de San Gervasio y San Protasio en Almochuel

Iglesia de San Gervasio y San Protasio en Almochuel

Allí me está esperando uno de sus vecinos: Miguel Clavero. Está sentado junto a otros tres hombres aprovechando los últimos rayos de sol que da el invierno. Son las cinco de la tarde.

Me deslizo con rapidez del coche y me acerco hasta el grupo. Miguel enseguida me reconoce. “¿Tu eres la periodista, no?”, me pregunta sonriendo. Yo asiento con la cabeza y Miguel me pide que “apresure la marcha” porque nos va a caer la noche encima y no podremos verlo.  

Sigo su paso avivado. Mientras caminamos me da tiempo a fijarme en sus manos curtidas y en su rostro contraído, consecuencia del paso del tiempo. Miguel tiene 75 años, pero nadie lo diría, su agilidad y energía no corresponden a un hombre de su edad. Clavero aprovecha para darme algunos datos biográficos. Me cuenta que abandonó Almochuel con 14 años, como muchos de sus vecinos, para buscarse la vida en Zaragoza. “Allí estuve trabajando durante toda mi vida, pero cuando me jubilé decidí que lo mejor era volver a Almochuel donde tengo mis raíces y mi vida”, explica satisfecho.

En pocas zancadas me encuentro enfrente de un caserón de 4 plantas, nos está esperando Fernanda Díez, la mujer de Miguel. En sus manos lleva unas rosas amarillas y blancas que acaba de recoger de su huerto. El olor que desprenden recorre toda la calle. Fernanda quita los pinchos de algunas de ellas y me las ofrece mientras me cuenta que mi presencia es una novedad: “Casi nadie llega hasta Almochuel y menos para contar cosas buenas”.

Mientras hablo con la señora Díez me fijo en un indicativo que cuelga de la pared donde pone: “calle Molino Alto”. Aprovecho para preguntarle si Almochuel tuvo mejores tiempos. Esbozando una agradable sonrisa de añoranza me explica que en la escuela llegaron a estar 100 chicos y tres maestras. “El pueblo estaba vivo, muy vivo, en las calles había siempre gente, los domingos la Iglesia estaba llena, había tres tiendas y teníamos hasta dos molinos de harina, todo era distinto” cuenta.

Miguel interrumpe la conversación con la bocina de su tractor naranja. Un artefacto que ha labrado los campos de este agricultor durante más de tres décadas. Con la mano me indica que monte en la parte trasera del vehículo. De un salto me sitúo sobre una placa de metal a modo de asiento que comienza a vibrar a causa del traqueteo que producen las piedras del camino.

El trayecto se hace largo, y el frío va “apretando” cada vez más, porque los rayos del sol que antes calentaban a los vecinos han descendido. La noche comienza a caer y eso se nota en el ambiente. En 10 kilómetros sólo nos cruzamos con Gabriel, el último pastor de Almochuel, que reconduce sus ovejas al redil después de pasar por el abrevadero.

Al descender del estrepitoso tractor, Miguel me explica que estamos en el término de “Valdemontejil”. Utiliza su mano derecha para señalar el punto exacto donde se supone que está el tesoro. Andamos entre espliego y algunas aliagas punzantes hasta que tenemos bajo nuestros pies el supuesto erario. Ahí, puedo observar pequeñas excavaciones, como si de simas se tratara, y Miguel me empieza a contar que a lo largo de un año pueden llegar hasta Almochuel más de 500 personas buscando “algo” o simplemente por curiosidad.

En el término de “Valdemontejil” sitúa la tradición el tesoro

En el término de “Valdemontejil” sitúa la tradición el tesoro

Le pido que me narre la verdadera historia de lo que supuestamente esconde Almochuel. Clavero no puede evitar reírse y entre carcajeos me dice: No hay verdadera historia”. Me muestro sorprendida ante tal afirmación y Miguel Clavero sigue contándome lo que él cree: “No hay verdad ni mentira, es más que nada una tradición, algo que ha pasado de padres a hijos pero que nunca se sabrá si ocurrió o no ocurrió”. Le insto a que me siga narrando los hechos. Clavero me explica que en Almochuel se cree que un hombre muy adinerado, fue arrestado por cometer un delito. “Para que nadie se quedara con su dinero, lo enterró bajo tierra con el único fin de que cuando saliera de la cárcel pudiera seguir disfrutándolo”. Pero ese hombre nunca salió de prisión y para que la fortuna no se perdiera le cedió un mapa al párroco en el que se indicaba el punto exacto, así como la profundidad del sitio en el que lo había escondido. Desde entonces se busca un tesoro que: “Según dicen es muy valioso“. 

Ante mi cara de sorpresa Miguel añade que él cuando era pequeño acudía a esta zona para cavar agujeros buscando un cofre. “Pero nunca encontré nada”, sonríe.

El cielo ya está completamente gris, son las 7 de la tarde, el sol ha perdido su albor. Miguel me invita a que tome algo en su casa y podamos seguir charlando, me parece una buena idea. De vuelta al tractor Clavero me dice que ha visto hasta gente con picos y palas excavando en la tierra. “Otros más sofisticados van con detectores de metales y herramientas especializadas”, añade.

Regresamos a la calle Molino Alto, Fernanda nos sale a abrir. En una pequeña cocina calentada por una estufa de leña, la señora Díez ha preparado unas rosquillas y un poco de chocolate caliente, así que recibimos una excelente bienvenida.

Durante la charla desde lo alto de la chimenea nos vigila una cabeza de ciervo que Miguel cazó en una batida en el Pirineo. La habitación está llena de antiguos aperos de labranza que el matrimonio ha ido recogiendo a lo largo de los años. Miguel me sigue contando anécdotas increíbles de la gente peculiar que ha llegado hasta Almochuel, mientras moja las rosquillas en el suculento chocolate.

Al final de la merendola Miguel me da la conclusión a esta peculiar tarde: “No sé si algún día hubo tesoro, o no lo hubo. Si hace tiempo que alguien lo encontró, o si sigue enterrado. Lo que sé es que nos entretuvo y que mucha gente ha conocido Almochuel gracias a esta peculiar historia”.

 

 

325. Esos son los kilómetros que separan Madrid de Zaragoza. Pero, si no se atiende únicamente al sistema métrico decimal, las diferencias son sorprendentes. Basta sólo con agudizar un poco la vista y el olfato para caer en la cuenta de que 325 kilómetros son algo insignificante. Si se comparan, la capital de España y la de Aragón resultan ser notablemente distintas. Y para muestra, un botón: el código cívico, el ritmo de vida, el individualismo y la relativización de las distancias son algunas de estas marcas de estilo.

 

El autobús con destino “Madrid, Avenida de América” deja atrás la Estación “Zaragoza- Delicias”. El sol sigue haciendo acto de presencia, aunque sabe que pronto perderá las pocas fuerzas que le quedan, y se verá obligado a descansar tras las montañas. Por delante, 4 horas de viaje por la autopista A-2.

 

A los 20 minutos, el sol se rinde y, viendo en el horizonte un lugar adecuado para descansar, se oculta. Antes, dedica sus últimos rayos de luz a iluminar el Toro de Osborne que domina la montaña, convirtiéndolo casi en una postal digna de ser vendida en las papelerías. Abandonado por el Astro Rey, y sabiéndome atrapado en un autobús sin poder fumar, decido dormir. Y duermo. Pero, como nada es eterno, me despierta la voz del conductor anunciando la llegada.

El viaje ha terminado. Primero, un cigarro. Supongo que estará prohibido, pero veo a gente que ha decidido transgredir la regla. Como yo.

Fumo, y me sabe a gloria. ¿Por qué tiene que ser tan malo? No tengo tiempo para meditarlo. Madrid me espera.

 

El emblemático edificio de Correos forma parte del paisaje madrileño
El emblemático edificio de Correos forma parte del paisaje madrileño

Salgo a la calle. Siento cuchillos en mi cara, agrietándome la piel. Me abrocho el abrigo. El termómetro marca sólo 2 grados.  

 

Hay un intenso tráfico en una ciudad en la que casi se respira polución en vez de aire. En fila india, vamos atravesando las calles repletas de coches, los carriles se convierten en una auténtica selva de animales de metal interpretados por los vehículos. En Madrid, no como en Zaragoza, los conductores mantienen encarnizadas luchas sobre el asfalto. Ellos no conducen, pelean al volante.

 

Llegamos al centro, y empiezan a levantarse ante mí los edificios que suelo ver en series de la televisión.

El Banco de España, la estatua de Cibeles, la sede de Correos, el museo del Prado… Me quedo con la boca abierta, maravillada de todo aquello que parece pasear ante mí. Y esa es otra: Zaragoza tiene el Pilar, el Palacio de la Aljafería, La catedral de la Seo, la reciente Torre del Agua… Pero la hegemonía como capital de España es inimitable.

 

 

Nuestro itinerario comienza en la exposición sobre Rembrandt que hay en el Prado. Continuamos en el museo Reina Sofía para ver el Guernica, de Picasso, y comemos en una taberna típica de la Plaza Mayor.

Después de comer, no podía faltar en la ruta el Palacio Real y la Plaza de Oriente. Allí, enorme como un titán, se erige el edificio en el que durmieron tantos reyes del ahora extinto Imperio Español. Enfrente, la Catedral de la Almudena, recientemente reformada y que ahora ofrece una imagen majestuosa sobre los Jardines de Sabatini. 

 

Con sus virtudes y defectos, Madrid y Zaragoza tienen su encanto. Sin embargo, la capital de España tiene algo mágico que le hace permanecer, como dice la cantante Ana Belén, “ahí, viendo pasar el tiempo”, bajo su esencia de gran urbe. La ciudad del Ebro, como cualquier provincia, vive intensamente, aunque sus habitantes saborean más los momentos. Ahora, lo innegable es que Madrid es, ha sido y seguirá siendo siempre Madrid.

 

 

 

Belchite tiene uno de los ecosistemas más frágiles del territorio europeo. En esa geografía vive una fauna y flora que ha logrado adaptarse a condiciones adversas: apenas llueve, se soportan temperaturas tan inestables que pueden variar 20 grados en un mismo día.  ¿Qué podemos encontrar en ese paisaje?

 

El continente europeo está rodeado por los más variados tipos de escenarios naturales. Aunque pueda parecer que los áridos terrenos esteparios no son uno de ellos, y que su singularidad paisajística no es altamente atractiva, lo cierto es que, a su manera, las estepas del valle del Ebro tienen una enorme importancia ecológica y geográfica, que ya quisieran muchos otros parajes.

Visitar la estepa es observar áreas llanas, planares abundantes en materiales arcillosos. Areniscas, y evaporizas componen sus tierras. No parece un paseo interesante, pero juzgar sólo por las  apariencias es no captar la esencia de un lugar.

Las primeras nieblas ya han llegado, y el invierno se abre paso por los llanos y las lomas de la estepa. Ahora bien, caminar entre los aromas del romero o el tomillo, y disfrutar del paisaje con sus puestas de sol, no entiende de estaciones.

Belchite puede alardear de albergar entre sus tierras dos de las zonas de especial protección para aves de toda la península, el Planerón y la Lomaza, pero este municipio no sólo es conocido por sus estampas. Las ruinas, que dan fe de la sinrazón que llevó a nuestros antepasados a una guerra criminal, no son sino una preciada lección de historia de la que ahora tan sólo quedan los restos, conocidos como “El pueblo viejo de Belchite”.  Un viaje en el tiempo al capítulo más triste de la reciente historia de  España, la Guerra Civil. Belchite es algo más que las ruinas de un poblado desolado por una guerra, más popular por sus psicofonías, que  por la calidad de sus tierras.

Colores cálidos, escasez de agua e inmensos planares caracterizan un paisaje árido olvidado por muchos turistas

Colores cálidos, escasez de agua e inmensos planares caracterizan un paisaje árido olvidado por muchos turistas

La popularidad del municipio belchitano se disputa entre su paraje estepario y sus ruinas históricas, que actualmente visitan turistas y sirven como escenario para numerosos cortometrajes y películas como el film de Terry William -ex miembro de los Monty Python- “Las aventuras del Barón de Munchausen“, estrenada en 1988.

Belchite ha sabido sacarle mucho partido al enclave ecológico que se asienta en su territorio. El Centro de Interpretación, donde se muestran maquetas de los animales y plantas que habitan en las tierras, o el Museo Etnológico, que cuenta con maquinarias, herramientas y vestuarios relacionados con las tareas agrícolas que se ejercían en antaño, son un claro ejemplo de ello.

España tiene la suerte de albergar una gran variedad de paisajes, desde los verdes y frondosos terrenos del norte, hasta las más secas tierras del sur, cuyas características desérticas hacen que tan apenas llamen la atención de turistas y visitantes.  Aragón es una de las pocas zonas europeas que todavía conservan un amplio territorio estepario, fruto de antiquísimas deforestaciones y explotaciones ganaderas.

Parece que si un lugar no lo visita un personaje con un determinado prestigio, no es digno de admiración.  Pues bien, ni siquiera en este aspecto Belchite agacha la cabeza. El célebre Félix Rodríguez de la Fuente, naturalista y etólogo español, muy conocido por sus documentales sobre la fauna ibérica en su hábitat natural, pisó durante mucho tiempo las tierras de este municipio del Bajo Aragón para uno de sus trabajos. El protagonista: la Alondra de Dupont, un ave esteparia muy difícil de encontrar debido a su timidez y capacidad de camuflaje gracias al color de su plumaje, que pasaría desapercibido ante los ojos de un mero turista.

Así que ya saben. Si deciden pasear este curioso paraje, ándense con ojo, sus inquilinos no se dejan ver con facilidad.

Visitar este territorio es asomar la cabeza por una ventana esteparia, a través de la cual muy pocos miran, puede ser debido a que lo que hay detrás de ella no posee colores atractivos, o no se encuentra situado en lo alto de los Pirineos, o en la costa del Sol.

Sus discretos colores, su aparentemente escasa vegetación y fauna pasan desapercibidos ante los ojos de tantas y tantas personas que buscan de un paraje espectacular grandes, frondosos y verdes árboles, o ciervos saltarines.

Lo que la estepa ofrece es un hábitat diferente, y no por ello carente de vida. Un paraje inhóspito colmado de una fauna y flora muy diferentes a los que estamos acostumbrados: tranquilo, árido y seco. Características que, por imposible que parezca, son las imprescindibles para que aniden miles de criaturas que merecen tanta atención y estudio como cualquier otra.

En definitiva, la Estepa de Belchite enseña a todos los aragoneses que no hace falta salir de casa para disfrutar de paisajes únicos, y a los extranjeros que tienen en Aragón una verdadera joya casi exclusiva en toda Europa.

Donde los Pirineos emergen y las carreteras comienzan a convertirse en estrechas serpientes que rodean las montañas nace Canfranc, un pueblo dividido. Canfranc se fragmenta en dos: “Canfranc pueblo” y “Canfranc Estación”. Apenas les distancian seis kilómetros pero casi mil años los separan en la historia.

 

 

 

Al entrar en “Canfranc pueblo”, una calzada desempeña el papel de columna vertebral. A sus lados, edificios de nueva construcción se mezclan con viejas casas que apenas se tienen en pie. Pueden considerarse afortunadas porque la mayoría de las de su edad perecieron en el incendio que tuvo lugar en 1944. No fue el único. Ya que, en 1617, las llamas devoraron las humildes moradas de los habitantes de este pequeño pueblo del Pirineo. Los vecinos de Canfranc, llamados “cagotes”, tienen una explicación para estos incendios: “El Camino de Santiago pasa por aquí, y cuenta la leyenda que un peregrino entró en el pueblo para buscar alojamiento. No tenía dinero, así que fue de puerta en puerta pidiendo a los vecinos sitio donde pasar la noche. Todos le dijeron que no. Así que el peregrino echó una maldición sobre el pueblo: se quemaría y se inundaría tres veces. Ya van dos incendios y una inundación. Es para creérselo”, cuenta Jesús, encargado del albergue Sargantana.

Después del último incendio, el pueblo cayó en una profunda decadencia que lo dejó al borde del abandono. Sin embargo, la nueva moda del turismo rural está consiguiendo resucitarlo.

Un grupo de niños juegan en la plaza que, como es habitual, se encuentra en el medio del pueblo. Aquí, un improvisado frontón entretiene a los pequeños, mientras los padres reponen fuerzas en el único bar que hay. Todos son de fuera. Han venido a pasar el fin de semana tal y como explica Víctor, uno de los pequeños: “Vivimos en Zaragoza, pero a mis padres les gusta venir aquí siempre que pueden. A mí también me gusta porque puedo estar jugando en la calle, no como en la ciudad. Además, podemos ir al monte.”

Los fines de semana, los meses de verano y durante la temporada de invierno, los apenas 50 “cagotes” que habitan en Canfranc pueblo se entremezclan con los turistas. En estas épocas se llegan a alcanzar los 150 habitantes.

 

Al salir de Canfranc se vuelve a tomar la misma carretera que metros atrás se dejó para entrar. Tras recorrer seis kilómetros, un cartel y la boca de un enorme túnel reciben al viajero, es la bienvenida a “Canfranc-Estación”. El gran agujero en la piedra muestra la magnitud de la obra. El túnel del Somport comunica directamente con Francia. Más de cuatro años de obras han hecho posible la construcción de este gran pasadizo de siete kilómetros de recorrido, que lleva al país galo.

 

Canfranc-Estación debe su nombre y su propia existencia a la estación internacional de tren construida entre 1915 y 1925. Sus 241 metros de longitud, unas 300 ventanas y sus más de 156 puertas dobles la convierten en la segunda mayor estación de Europa, tan sólo por detrás de la de Leipzig.

 

“Es impresionante, ¿verdad? Vino a inaugurarla el propio Alfonso XIII en 1928. Aunque creo que deberían restaurarla, está muy abandonada y ha sido un escenario clave en la historia de nuestro país, e incluso en la mundial”, cuenta Victoria, una de las vecinas más longevas de Canfranc-Estación. Victoria es una de las pocas personas que quedan en el pueblo y vio con sus propios ojos el paso del oro nazi por la estación: “Cargaban los lingotes en los vagones y nos quedábamos embobados… ¡Si nos hubieran dejado coger alguno! Otro gallo nos hubiera cantado…pero nos conformábamos con tocarlo”.

 

 

Estación internacional ferroviaria de Canfranc-Estación

Estación internacional ferroviaria de Canfranc-Estación

 

En esta pequeña localidad oscense todo gira en torno a la Estación. Gracias a ella el pueblo existe, pues fue a raíz de la construcción de la misma cuando se construyeron las casas que hoy forman Canfranc-Estación. Pero no todas pertenecen a esa época. Este pequeño pueblo pirenaico también ha sucumbido al “boom” urbanístico. Durante el verano y sobre todo en la temporada de esquí, es decir, en invierno, el número de habitantes aumenta un 100%. De 300 vecinos durante el año se pasa a más de 600 en las temporadas clave.

Fernando Sánchez, alcalde de Canfranc, da una explicación a las cifras: “La mayoría de los turistas provienen de la capital aragonesa y poseen una segunda vivienda aquí. La proximidad de las pistas de esquí, de Francia, el contacto total con la naturaleza, la propia Estación… hacen de Canfranc-Estación un sitio perfecto donde pasar el tiempo libre y las vacaciones, por supuesto.”

La procedencia de los turistas no ha sido siempre la misma. Unos diez años atrás era habitual ver pasear grupos de franceses por la acera del pueblo portando grandes garrafas de vino, varias botellas de licor y cartones de tabaco. “Eran lo único que se llevaban, venían con garrafas de plástico de cinco litros y se las llenábamos de vino. Luego se volvían con todo el cargamento para Francia. Aquí en España el alcohol y el tabaco es mucho más barato” explica Mercedes Borau propietaria del Comercio Paules.

 

Como dicen los propios vecinos de los dos Canfranc, los mejores años quedaron atrás. Ahora, sus calles están más vacías que nunca. Sólo durante las vacaciones, ya sean de verano o de invierno, vuelven a ser lo que un día fueron: dos pueblos llenos de vida.

Crisis. Según la Real Academia Española (Del lat. crisis, y este del gr. κρίσις).

1. f Cambio brusco en el curso de una enfermedad, ya sea para mejorarse, ya para agravarse el paciente.

2. f Mutación importante en el desarrollo de otros procesos, ya de orden físico, ya históricos o espirituales.

3. f Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese.

4. f Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes.

5. f Juicio que se hace de algo después de haberlo examinado cuidadosamente.

6. f Escasez, carestía.

7. f Situación dificultosa o complicada.

En este caso aplicando la definición al ámbito económico podríamos definirla como aquella situación grave, de escasez, carestía, dificultosa, complicada y de consecuencias importantes.

Sin embargo, ninguno de nuestros políticos avisó de que las cifras del paro aumentaran a pasos agigantados, las últimas del mes de febrero no son nada positivas.

De hecho, según los datos del INEM, en el mes más corto del año el número de desempleados llegó a los 3,5 millones, tras sumar 154.058 parados con respecto al mes anterior, enero; lo que equivale a un 4,63% más.

 

 

 

 

 

Filas a las puertas de una oficina del INEM

Filas a las puertas de una oficina del INEM

 

 

Y para muestra un botón, PRETESA, filial del grupo PRISA anunciaba a finales de diciembre el cierre de Localia Tv.

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